11 febrero 2009

Osos de las cavernas en Madrid


Fue una bestia de pelo pardo, afilados colmillos, fino olfato, oído duro y patas zambas sobre las que levantaba sus 600 kilos hasta alcanzar los tres metros de altura, que se echó a morir de puro viejo hace 150.000 años en una caverna cerca de lo que hoy es Patones, al nordeste de Madrid. En 1971 encontró su enorme cráneo un joven estudiante aficionado a la espeleología y a los fósiles, Trinidad de Torre, que en la actualidad es una de las mayores eminencias en fauna prehistórica europea. Y ayer lo donó al Museo Arqueológico Regional (MAR). Se trata de la calavera de oso cavernario de mayor tamaño encontrada en la Península Ibérica, perteneciente a su vez a la colonia más meridional de Europa. Y a partir de ahora será una de las ‘estrellas’ de la sala del museo dedicada a los animales que convivieron con los hombres en la prehistoria de la región.

De Torre presentó ayer la pieza junto al director del MAR, Enrique Baquedano, que agradeció la donación, “porque es una de las piezas más espectaculares de las muchas que ha encontrado el profesor en su larga carrera”. Registros de 27.000 animales ha hallado por cuevas de todo el país desde los años 60 Trinidad de Torre, catedrático de la Escuela de Ingenieros de Minas de la Politécnica de Madrid. Los ejemplares de Ursus spelaeus, nombre científico del oso de las cavernas, son su especialidad. Y no por alguna razón en especial: “Digamos que prefiero parecerme a un oso antes que a una cabra montesa”, dijo con humor ayer. Precisamente entre restos de cabras montesas se topó en la cueva del Reguerillo de Patones, hace 38 años, con el gigantesco cráneo de este oso macho, de medio metro de longitud, “que con la piel y el pelo podría alcanzar los 65 centímetros”.

Las grandes proporciones es lo primero que llama la atención de este animal, que junto a sus compañeros de especie migró desde el norte hasta el centro de la Península, conformando el grupo más al sur de Europa, aprovechando un periodo frío. “Habría suficiente vegetación para alimentarse y por eso poblaron esta zona”, razonó De Torre. Aunque eran carnívoros, su menú favorito eran plantas y raíces y tenían que pelear con osos pardos, hienas gigantes y leones para hacerse un sitio en las cuevas. El oso hallado en Patones tuvo una larga vida, “llegaría a los veinte o veintiún años”. Sus dientos gastados y su colmillo roto son la prueba. También debió llevar una existencia solitaria, pues no se hallaron más restos de osos cerca. Su vida sedentaria, “como la de una vaca”, no debió atrofiar, en ningún caso, su fiereza natural: “No creo que los Neandertales tuvieran mucho interés en encontrarse con él”, apuntó De Torre.

En una vitrina de la sala dedicada a la fauna prehistórica lucirá la calavera. Pero habrá que esperar a finales de marzo para admirarla, pues hay que retirarle antes el color de almendra garrapiñada, o “de mueble”, según De Torre, que presenta en la actualidad. Fue el barniz con el que en los 70 se recubrían los fósiles. Y con ese aspecto ha permanecido todo este tiempo en el Museo Histórico Minero Don Felipe de Borbón de la Escuela de Minas el cráneo de esta auténtica bestia parda.


Escrito por Pedro P. Hinojos

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