01 junio 2012

El valle cavernícola

  En Soba, Cantabria, una ruta de cuevas y el gran manantial del río Asón.


PACO NADAL - 01/06/2012
El valle de Soba, en la cuenca alta del río Asón, es el Himalaya de la espeleología. Unas condiciones muy particulares en el espesor de la capa de roca caliza y en los procesos de karstificación (disolución de la roca caliza por acción del agua) convirtieron esta desconocida comarca del sureste de Cantabria en un queso gruyer donde se desarrollan algunas de las simas más profundas del mundo y enormes complejos cavernícolas, como la cueva del Mortillano, con 114 kilómetros de galerías, o el sistema del Gándara, con otros 104 kilómetros de túneles. Soba la descubrieron los espeleólogos, que deambulaban por el valle hace ya más de tres décadas con su retahíla de cuerdas estáticas, escalerillas metálicas, sus anticuadas pero efectivas lámparas de carburo y monos y petates con más barro que un todoterreno del Camel Trophy. Pero el turismo rural tardó algo más en percatarse de las excelencias del alto Asón y sus afluentes, en especial el Gándara, donde los glaciares y más tarde el agua de lluvia modelaron un paisaje sensacional.

Soba es también un lugar casi despoblado. Hay más sobanos en Perú y en México que en Soba. Hace medio siglo, pueblos como Rozas tenían una escuela con 70 niños; ahora no quedan ni 70 vecinos... y los niños se cuentan con los dedos de una mano. Y esa relación con América está presente aún en todo el valle. Un ejemplo: las fiestas de Villar de Soba, una pequeña aldea de apenas 80 vecinos, son famosas en toda la comarca porque un indiano nacido en el pueblo y que hizo fortuna en México las financia por todo lo alto y se trae cada año a un grupo de auténticos mariachis para amenizarlas. El día de la fiesta debe de ser el único en que se llene de feligreses la pequeña ermita.
El núcleo urbano más grande del alto Asón y puerta de entrada a Soba se llama Ramales de la Victoria. El apellido se lo debe al triunfo que los liberales de Espartero obtuvieron aquí en 1839 y que supuso el final de la I Guerra Carlista.
La apacible vida de Ramales discurre en torno a la plaza de los Duques de la Victoria (aquí todo parece llevar el apellido laureado); muy cerca se levanta el palacio de Revillagigedo, un gran edificio barroco que perteneció a Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, virrey de México y originario del pueblo, quien si lograra salir de la tumba, volvería a meterse en ella al ver el mal estado de conservación en que se encuentra su vieja morada.
Las evidencias cavernícolas aparecen a las mismas puertas de Ramales. Apenas a 400 metros del centro del pueblo se abre una gigantesca caverna, a la que se llega a través de un encinar cantábrico, por un sendero verde y boscoso comido por el musgo. Es Cullalvera, un gran complejo kárstico que funciona como surgencia de todo el karst superior, por lo que en época de lluvias es fácil ver salir un caudal por su boca. Las galerías de acceso tienen unas dimensiones tan colosales que durante la Guerra Civil se usaron como cocheras. Los primeros centenares de metros se han acondicionado para las visitas turísticas, con pasarelas de madera y juegos de luces y sonido. El resto de los 12 kilómetros de galerías de Cullalvera es territorio vedado a quien no sea espeleólogo.
También se ha abierto a las visitas la cueva de Covalanas, a un par de kilómetros de Ramales. Aquí el interés no es geológico o de récord de profundidad: Covalanas guarda una importante colección de pinturas rupestres, descubiertas en 1903, de las que destacan 18 figuras de ciervas pintadas de rojo datadas en unos 20.000 años de antigüedad. Además, la visita guiada se lleva a cabo con linternas (no hay sistema de iluminación), lo que acrecienta la magia del lugar.
Desde Ramales de la Victoria se sale en ascenso por la N-629 en dirección Burgos hasta que poco después aparece un ramal a la derecha que lleva a La Gándara y el valle de Soba.
A ambos lados de la carretera van surgiendo desvíos a pequeñas aldeas, como Santa María, Rozas, Incedo y La Cistierna, hoy casi despobladas, pero todas con pequeñas ermitas románicas, casonas cántabras blasonadas y buenas muestras de arquitectura rural. En la iglesia de San Miguel, en Rozas, se conserva un bellísimo retablo hispano-flamenco del siglo XVI. Y en Santayana, en la margen derecha del río Gándara, un vecino del pueblo, Joaquín Sainz de Rozas, mantiene de forma altruista un museo de antigüedades en el viejo bar-tienda que fundó su padre (con dinero ganado en México, por supuesto) con una increíble colección de objetos antiguos y documentos históricos que ya quisieran para sí muchos museos etnográficos oficiales.
La Gándara es la localidad más turística del valle de Soba y la que concentra casi todos los servicios. Aquí está el Centro de Interpretación del Parque Natural de los Collados del Asón, la zona protegida que ocupa buena parte del término municipal de Soba. El parque de los Collados del Asón fue creado en 1999 para proteger un macizo montañoso en el que la acción de los glaciares creó una morfología muy singular. Glaciares hubo en muchas zonas del norte de España; lo que diferenció a los del alto Asón es que alcanzaron las cotas más bajas de toda la Península: hay evidencias de erosión glaciar por debajo de 600 metros de altitud, por ejemplo en el valle de Bustalveinte, algo difícil de ver en otras zonas de la montaña cántabra. Esa singularidad le da al paisaje de Soba un valor diferencial.

De campanario, un faro

Y para apreciarlo, nada mejor que subir al mirador de los collados del Asón, por la carretera que va de La Gándara a Arredondo. Desde este punto privilegiado se aprecia la potencia del estrato de rocas calizas, la labor despiadada que los glaciares hicieron con ella, el profundo tajo por el que se cuela el río Asón y la espectacularidad de un escenario abierto y grandioso como pocos. En la pared izquierda del valle puede verse la gruta por la que el agua recogida por el sistema de simas y cavernas sale por fin a superficie dando vida al río Asón. Es uno de los nacimientos más espectaculares de río español alguno, con el permiso del río Mundo, en Albacete, que también se precipita al vacío nada más ver la luz, como le pasa al Asón. La cascada tiene unos 70 metros de altura, pero según la época del año puede ser un hilillo de agua o una tromba espectacular que da lugar a un arco iris. El mejor momento para verla en su plenitud es primavera, durante el deshielo.
En las cercanía de Ramales, al inicio de esta ruta, existe una plaza de toros cuadrada. Si queremos terminarla con otra rareza no hay más que continuar por la misma carretera de los Collados del Asón hasta Arredondo, donde un indiano construyó una iglesia cuya fachada imita a la del Congreso de los Diputados, en Madrid, y en vez de campanario le puso un faro. Y es que las fortunas hechas al otro lado del Atlántico dieron para muchas excentricidades.


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Federación Andaluza de Espeleología
www.espeleo.com
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