23 agosto 2011

MIS VIVENCIAS ESPELEOLÓGICAS

Humberto Vela Rodríguez
348@vcl.insmet.cu
Grupo Espeleológico Cayo-Barién
Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba



La música y la espeleología
Primero fue la guitarra. Cursaba el séptimo grado en la secundaria de mi pueblo, en los ya lejanos días de la década del sesenta, cuando llegó a mis manos un instrumento de “medio pelo” con el que me complacía pulsando sus cuerdas al aire.
Contaba en la escuela con un excelente profesor de música, que era además un buen guitarrista, y también con un amigo inseparable de la adolescencia quien, contagiado por mi entusiasmo, consiguió una guitarra de similar talante.
Mi amigo, el cual me aventajaba en diligencias, pidió al profesor que nos impartiera clases privadas. “Que va…No tengo tiempo…Mucho trabajo”…, fue su tajante respuesta. Pero mi amigo, que era y sigue siendo pertinaz, continuó a la carga hasta conseguir finalmente nuestro propósito. “Esta bien, muchachos. Vayan mañana…Eso si, será cuando yo pueda”… Puntuales, nos presentamos en su casa con las maltrechas guitarras. Nos sentamos cohibidos en sendas sillas de la sala, comiéndonos con la vista los cuadros de las paredes, el piano de cola y dos guitarras en sus estuches. El profesor puso un atril delante y explicó la clase guiando los desmañados dedos sobre el ignoto diapasón, e indicó finalmente el trabajo a vencer para el impredecible segundo encuentro.
Nos bebimos las lecciones indicadas.
En la escuela, durante la clase de música, lo mirábamos implorante en espera del anuncio de la próxima cita. Al fin, una semana después, se nos acercó sonriente. ¿Cómo van esos estudios?…, preguntó agregando a continuación la ansiada propuesta: “Vayan hoy a las cuatro”. Quedó agradablemente sorprendido. Fue tanto lo que machacamos aquellas lecciones, que la ejecución resultó sin tachas; y en lo adelante, con cada comprobación exitosa, fue cediendo la resistencia del maestro, quien sacaba de sus múltiples obligaciones el frecuente tiempito para atendernos. Finalmente, con la intención de oficializar la enseñanza, nos hizo matricular en el Conservatorio Provincial de Santa Clara, donde él impartía clases de guitarra.
Mi amigo ganó después una beca en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y luego pasó al Instituto Superior de Arte (ISA), donde se graduó de profesor de guitarra. Ha ofrecido, durante larga carrera, conciertos en escenarios de buena parte del mundo como solista de guitarra clásica; obras suyas se han interpretado por respetadas orquestas.
Yo, en cambio, por diversas razones, me vi impedido de continuar los estudios musicales, con la consiguiente y lógica pesadumbre. Pero, poco tiempo después, se me abrió un horizonte luminoso y compensador, cuando buscando primero la rara aventura poética y luego el apresante deleite del escrutinio científico, incursioné en el universo de las cuevas y en el fascinante mundo de los mamíferos que vuelan, y descubrí allí mi más grande vocación, entregándome a ella con vehemencia febril. Encontré entonces mis más caros amigos y con ellos me di a las más inolvidables expediciones.
Ahora, entre libros de ciencia y las colecciones bioespeleológicas, sigue presente una guitarra y un atril con partituras, y, a veces, cuando faltan otros recursos alentadores para mitigar las repentinas añoranzas, la tomo en brazos y mis dedos tañen sus cuerdas para revivir los viejos preludios y endechas, hasta que la alegría por el vivir retorna triunfante.
Pero siempre se obstina un hálito de culpa y piedad por saberla ya relegada a un plano tan secundario, tan secundario…

(Revista El Explorador numero 88)
www.elexplorador.net

http://www.geda.pinarte.cult.cu/html/explorador.htm


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