09 diciembre 2010

Alain Thibault descubre una cueva en su propio jardín

El espeleólogo francés lleva más de diez años sacando sacos de arena en su casa de Castell del Rey. Sigue abriéndose hueco cuando ya lleva una profundidad de ocho metros y romete no parar.


(Alain es uno de los mejores conocedores del karst en yesos de Sorbas. Ha clasificado mas de 1500 cavidades en este paraje singular y continua con los trabajos, actualmente. En la imagen durante las I Jornadas de Topografía en la Cueva del Agua.)



Si a hubiera que identificarle con un animal ese sería un topo con un educado olfato para encontrar cuevas. Este francés, afincado en Almería desde hace 45 años, ha tenido la suerte de poder trasladar su gran afición, la espeleología, a su propia casa donde, en su jardín de Castell del Rey, ha descubierto una cueva y el lecho de un río de más de 270.000 años.

No es habitual encontrarse con alguien capaz de mirar una piedra sin nada en particular en su apariencia y decirte, al levantarla y dejar a la vista un simple hueco, que es el principio de una conexión a una cavidad subterránea. Con esta habilidad, el que fuera uno de los fundadores de Castell del Rey, ese amasijo de peculiares chalés apiñados sobre las rocas de la Sierra de Gádor, olfateó en su jardín la entrada a una cueva. "Hay gente que las huele, y parece que yo soy uno de ellos", comenta sonriente Thibault, explicando que lo primero que vio fue una pequeña fisura. "Estaba arreglando el jardín y pensé 'aquí hay algo', y empecé a sacar tierra hasta encontrar la cueva." Así de sencillo para él.

Lleva dos lustros sacando sacos y sacos de tierra, siendo más fuerte su curiosidad que la edad. Son 67 años, bien disimulados los de este jubilado que fue en activo un reconocido cocinero internacional. "Almería era mi base, trabajaba en toda América del Norte y Europa, pero siempre venía aquí, donde tengo a mis amigos. Fundé el Espeleo Club Almería, y ahora me dedico a las cuevas".

Se define también como "ecologista", por lo que aclara que su búsqueda en el jardín, respetuosa, se limita a extraer la tierra acumulada a lo largo de los años en los ríos subterráneos que desaparecieron con la desertificación de la Sierra de Gador y Aguadulce.

No sabe cuántos sacos habrá podido sacar durante estos diez años, pero sí tiene el recuento de la profundidad de su cueva, ocho metros línea abajo, "totalmente naturales: no es una mina ni nada, es la tierra que extraigo". Y sigue ampliando, porque "como todo el mundo dice, estoy loco: No hay otra fórmula". Ríe.

Como ya no es la fuerza de los veinte años de edad y ocho metros de profundidad son ocho metros de escalada cargado, ha tenido que ingeniárselas buscando otras fórmulas para poder proseguir saciando su curiosidad con una sistema de poleas que sobresale de la fachada de la vivienda.La tierra que extrae la reutiliza en el jardín. Para hacerse una idea de la cantidad de sacos, ha conseguido nivelarlo y las piedras las ha empleado como muro de contención, en el que hay insertado una pequeña puerta antigua de madera con tirador de forja incluido. Es la entrada a la cueva.Huele a húmero. Se accede a un primer espacio, de cierta amplitud y apuntalado con maderas, de las que cuelgan llaves antiguas del pueblo de su mujer, acostumbrada a las "locuras" de Thibault. Lo ha convertido en una bodega, donde acomoda a sus invitados. Muchos de ellos son espeleólogos, que celebran con envidia sana la "gran suerte" del francés de tener una cueva en su propio jardín.

Lo que está claro es que esta casa de Castell del Rey, que cuando la encontró Thibault era apenas "cuatro muros y un techo", estaba llamada a ser la propiedad del olfateador de cuevas.El resto es menos cómodo para los profanos de la espeleología que, con suerte, pueden evitar el casi inevitable culazo hasta llegar al punto en el que es imposible seguir bajando sin ayuda de cuerdas de escalada y luz. Durante el recorrido, Thibault explica en las paredes de roca el dibujo del rastro de agua con las marcas grabadas de las pequeñas cascadas de cientos de años atrás y los restos fósiles que han quedado atrapados con formas de caracol. Algunos integran una vitrina en la que este francés muestra sus tesoros subterráneos.

Pero uno de sus más preciados hallazgos se encuentra en la superficie. Atravesando el jardín, hay un camino de piedras planas de tamaño considerable. Thibault accede a hacerse una fotografía cruzándolas porque, asegura, no suele pisarlas. Tanto cuidado por su conservación tiene una explicación racional. Removiendo tanto el jardín dio con una de estas lajas. "Me encantan las piedras, comprendo cómo funcionan y me puse a limpiar".

Lo tuvo claro desde el principio: "Es el lecho de un río, de los muchos que debían de existir y darle a Aguadulce el motivo de llamarse así".Contactó con un colega suyo noruego, profesor universitario experto en Geología. Le envió una muestra de una de las piedras encontradas y el resultado es asombroso. El geólogo la dató y tiene una antigüedad de más de 270.000 años. "Tengo que encontrar el lecho fósil del río, me dije, y lo encontré. Por mi casa, en medio de mi jardín, pasaba un río hace 270.000 años.

Es sorprendente", exclama el francés, dispuestos a seguir olfateando.

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